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17/7/15
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| Varias madres y esposas de las víctimas de Srebrenica lloran antes del inicio de la ceremonia fúnebre. Potocari (Bosnia-Herzogovina). Julio, 2010. Fotografía de Gervasio Sánchez. |
El 11 de julio. Todo el mundo aquí en España recuerda esa fecha por ganar un Mundial de fútbol. En Bosnia, la situación es diferente. Han pasado veinte años y las heridas siguen todavía abiertas. Srebrenica, aquella zona situada cerca de la frontera con Serbia, se ha convertido en un nombre por el que todos, como seres humanos, sentimos vergüenza. Un genocidio de los pies a la cabeza, vamos. Y con ello te das cuenta de que aún no hemos evolucionado.
Ahora, un poquito de conocimiento
histórico para saber la raíz del problema. El conflicto balcánico es
archiconocido. Y no de finales del siglo XX precisamente. Lugar de expansión
demográfica por parte de los eslavos del sur (de ahí el nombre de Yugoslavia),
en la Plena Edad Media, siempre supuso un dolor de cabeza para los bizantinos.
Los yugoslavos fueron cristianizados, razón por la que hay una mayoría ortodoxa
entre sus pueblos. Con la invasión otomana del Imperio Bizantino, los Balcanes
estuvieron a su merced. Fueron conquistados y convertidos en vasallos, y muchos
de los niños balcánicos de religión cristiana fueron forzados a formar parte de
su tropa de élite, los jenízaros. Y he aquí la cuestión. Los otomanos fueron
tolerantes con los cristianos como religión de libro, pero aquellos que
abrazaron la llamada herejía bogomila (entre ellos la mayoría de los de etnia
bosnia), fueron obligados a convertirse al Islam.
La Yugoslavia de Tito, un estado
auspiciado por la URSS, mantuvo con mano de hierro todos los conflictos
étnico-religiosos durante su mandato. Con su descomposición y ante el vacío de
poder, los distintos pueblos fueron marcando sus posiciones. Con un problema a
destacar. Las fronteras de los países muchas veces son arbitrarias y difusas.
No son reales. La división de Bosnia y Serbia no fue una barrera real.
El problema, la gran dispersión étnica y religiosa de sus habitantes. Islas de
bosnios musulmanes en zonas de mayoría serbobosnia ortodoxa y viceversa eran la
tónica dominante. Contexto, por tanto, abocado al desastre.
La zona este de Bosnia,
colindante con Serbia, era de mayoría serbobosnia, pero había concentraciones
de población musulmana que el Estado Bosnio iba a mantener con sangre, sudor y
lágrimas. Los serbobosnios proclamaron la separación de un estado propio, la
República Srpska, bajo la influencia de Serbia. Tal y como ocurre con Donetsk y
Lugansk, en Ucrania. De hecho, la región de Srebrenica fue una punta de lanza
para el Ejército de Bosnia-Herzegovina (ARBiH) que, bajo el mando del general
Naser Oric, saqueó numerosos pueblos serbios realizando matanzas de forma indiscriminada.
Con el avance del conflicto, Serbia
comenzó a ganar posiciones, haciendo que los bosnios cedieran terreno y
originando una concentración de población bosnia en los alrededores de
Srebrenica. Pero todos sabemos lo que ocurre con las superpoblaciones. Hambre,
enfermedades, miseria. Muerte.
Los bosnios vieron un atisbo de
esperanza. La ONU. Esa entidad que no se manchó las manos en ningún momento.
Como el profesor que mira impasible ante la pelea de dos alumnos en el recreo.
¡Pobre gente!, pero ¿para qué meterse, verdad? Se matan unos a otros, pero ¡ya
se les pasará! No aprendemos. Como si no hubiera pasado nada semejante nunca.
La ONU, esa llamada garante de la
seguridad internacional y adalid de la paz (nótese la ironía), estableció que
la zona de Srebrenica era “Área Segura”, y todo ello sin mandar soldados. Así
te van a ir bien las cosas, claro. Y así fue. El contingente mandado por la ONU
era simbólico comparado con el Ejército de la República de Srprska (VRS), que
estaba dirigido por el general Ratko Mladic y al que se sumaron voluntarios
paramilitares griegos. Poco a poco fueron sitiando la región y finalmente llegaron
a la ciudad.
En esa situación, los serbios no
se lo pensaron dos veces. A lo mejor podían estar intimidados por la ONU. A lo
mejor. El contingente de cascos azules que se encontraba en la ciudad, de
origen holandés, intentó disuadir al ejército serbio, pero, obviamente, no
surtió efecto. El 11 de julio de 1995, la ciudad claudicó presa del hambre, la
enfermedad y la desesperación.
No tuvieron escrúpulo ninguno.
Los cascos azules holandeses se vieron incapaces de actuar frente al ejército
serbio. El general Mladic ordenó que se deportaran a todos los bosnios de la
ciudad. La población bosnia intentó huir de allí, emprendiendo un éxodo a zona
segura para finalmente ser interceptados la mayoría de ellos.
El ejército abrió fuego contra la
mayoría de los hombres que huían de la ciudad. Les metieron en camiones
simulando la deportación, pero el resultado fue la masacre. Fusilamientos tras
hacerles bajar del autobús. Sin discreción. Numerosas fosas comunes rebosan
alrededor de la ciudad. Y la cosa no quedó ahí. Aunque buscaban el asesinato de
los hombres, varios cientos de mujeres y niños sufrieron el mismo aciago
destino. Una matanza indiscriminada. Un genocidio. El asesinato por el
asesinato. Sin ningún tipo de pudor. Años de rabia y rencor contenidos en el
disparo de esas balas. Algo que no se puede describir. Se tienen estimaciones
de entre 8000 y 9000 muertos.
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| Tumbas de los asesinados en Srebrenica, Fotografía de Victor Jiménez Vega, |
En definitiva, los seres humanos
no aprendemos. Nos matamos unos a otros por cuestiones políticas, económicas,
religiosas, étnico-culturales,.. Es algo innato a su esencia. El conflicto como
forma de vida. Y no aprendemos. La Ley del Talión, como siempre, aparece de
nuevo. La inhumanidad del ser humano sale a relucir desde su interior. Esa gran
contradicción.
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